Y se hizo la luz

Corrían los años 90 cuando había terminado mis estudios de Artes gráficas. Lo más parecido a una cámara de fotos que había tocado era una de reprografía, para hacer los fotolitos cuya finalidad era emulsionar planchas de offset destinadas a la impresión (de libros, revistas, y todo ese tipo de cosas que se hacen con árboles triturados).

Claro que por aquel entonces, y por circunstancias de la vida, había acabado trabajando en un taller de encuadernación de biblias y libros de primera comunión que bien podría haber sido la isla del doctor Moreau. (Años más tarde, cuando vi «el nombre de la rosa», tuve un profundo dejà vu….)

En aquellos días todavía no era consciente de la importancia de ver la luz.

Así, supongo que en un momento de mística iluminación, mientras encuadernaba la palabra del señor en un entorno digno de las Meninas de Velázquez, me apunté a un curso de fotografía en Gris Art (que creo que aún existe). Un momento decisivo en mi mundana vida. Y gracias a ello, la conocí a ella.

 

La primera cámara que cayó en mis manos fue esta Minolta X300, con su 50mm. Y no. Ni por asomo existía la fotografía digital.

Por aquel entonces los fotógrafos usaban película, y no tenían ni puñetera idea de cómo había quedado la foto hasta que salían del laboratorio (en el mejor de los casos) horas después de haberla tomado.

Esta cámara, si mal no recuerdo, lo más moderno que tenía era un disparador electrónico. Ni programas, ni prioridades, ni autofoco… Nada de nada. Velocidad, diafragma, y ajuste de ISO. Y a correr.

Ella me enseñó a ver la vida de otra manera. Comprendí la importancia de ver la luz…

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