Noches de cerveza y plata.

Corrían por aquel entonces los finales de los 80 (creo). Los jóvenes de mi edad, con las hormonas fuera de sí, se concentraban los viernes por la noche en esos recintos de acoso y derribo, de postureo y pavismo, dónde se ejecutaban las danzas de reclamo bajo la ansiedad de un apareamiento.
Si. Las discotecas.
Por aquel entonces, y para mi suerte, vivía en el barrio de Gracia de Barcelona (que nada tiene que ver con la actualidad). Mientras los humanos normales acometía sus enfrentamientos de carnero frente a las hembras de postura desinteresada, un servidor de dedicaba a pasear la (s) litrona (s) en una transhumancia a ningún lado, solo por el placer de dejarse llevar, cosa muy fácil e indómita del barrio, entre heavis, puks, hippies, y lo que te pudieran encontrar. Por aquel entonces, gracia era un barrio de territorio neutro para lo que por entonces se llamaban tribus urbanas.
Las noches se convertían, prácticamente cada viernes, en un largo pateo arrastrando los litros de cerveza. Y a la Minolta.
Con un puñado de carretes de TMAX 3200 de 36 exposiciones (37 si te tocaba premio!), sin flash y con un 50mm como única óptica, para poder hacer fotos en cualquier momento. En cualquier lugar, y en cualquier estado (detalle importante éste último).
Las noches se convertían el largas caminatas de un grupo sin rumbo, en las cuales la ciudad por la noche era un escenario que se regalaba a los disparos de la cámara. Que obviamente, no era la única, de la misma forma que yo no era el único trastornado.
Farolas, escaparates de moda o de concesionarios de coches, gente, antros, fotos movidas…. Lo importante era apretar el disparador. Sin parar.
Pasear por la ciudad por la noche, observándola, fijándose en los detalles, deteniéndose el tiempo necesario para tomar esa foto (tiempo que se acababa convirtiendo en un apalancamiento general, lo que te llevaba a estar más tiempo en ese lugar, por lo tanto a fijarte en más detalles y acabar haciendo más fotos).

Recuerdo como anecdota una noche en la que el pateo nos había llevado a mi amigo Dani y a mí hasta Plaza Francesc Maciá, después de haber estado haciendo de trípode humano para mi colega de noches de birra y plata. Se entiende que hacer de trípode humano es subirse a hombros al colega para que pueda hacer un picado a un escaparate. Claro que ambos mediamos el metro noventa. Digo yo que un poco extraña debió de ser la postal… En fin, mientras él estaba haciendo sitio en su cuerpo para almacenar más birra (en este punto cabe destacar que hablamos de un heavy de los de Iron Maiden y Barón Rojo, nada que ver con los canichillos de Europe), me encontré con un camión de la basura que estaba realizando sus labores. Creo que por aquel entonces ya había visto la película Tetsuo, con lo que me ponía más burro un hidráulico que a un cura un…. bueno, a lo que iba. Me lancé (hablamos de las dos de la madrugada, y sé que existe una fórmula para pasr las horas a litros, pero la olvidé), me lancé como un poseso a fotografiar el camión de basura.
Los señores basureros, al verme, me increparon. Debo decir que por cortesía habría sido correcto comentarles que iba a tomar unas fotos del camión, pero creo que por esas horas la dicción estaba bajo el umbral del 10%. Total, el caballero basurero me increpó el típico argumento de que si necesitaba un permiso para hacer fotos, que si bla bla bla.
Vamos a ver. Un basurero le dice a un perjudicado etílico con un cámara a las dos de la madrugada, que necesita un permiso!
En ese preciso momento, mi colega, que ya había soltado lastre, apareció de la nada berreando (entiéndase un heavy intentando parecer sobrio con la mirada perdida, que si lo habéis visto alguna vez, sabéis a qué me refiero) e increpando al basurero al grito de » yo fago misimmpuestof, así que fago tunsueldo, tun rospa y tuputo camión».
Momento de silencio. Dos tíos de metro noventa tajaos agarrados a su cámara, bufando y manteniendo, con mucha dignidad, el equilibrio.
En ese momento, el caballero basurero, que estaba delante de la cabina del camión, se gira hacia ésta y grita al conductor «Manolo, pon las largas!» Manolo pone las largas, el caballero basurero se gira hacia nosotros, y con un «claro que sí, con dos cojones, chaval!», agarra a su compañero del brazo, y ante los focos del camión empuezan a hacer aspavientos, bailoteos y risas. Y nosotros, a lo nuestro. A darle al disparador. Les dimos las gracias, nos dimos la mano, nos hechamos unas risas y nos despedimos. Todavía tengo la duda de quien se lo pasó mejor.
También recuerdo que un rato después llegó el momento más traumático.
Se acabó la película.
Te encontrabas a un par de horas de casa pateando, a las 3 de la madrugada, morado, y sin película. Tirado en la calle, con la cámara como un peso. Y por decencia, no iba a coger un taxi para no ser capaz ni de decir la dirección.
En ese momento descubrí algo. La fotografía no era una mera afición. No siquiera un vicio
Era una adicción. Y lo sigue siendo. Por suerte.

Por cierto, como siempre estoy desplazado por motivos de trabajo, no tengo acceso a los cajones de negativos, así que cuando vuelva, os subiré la foto de los caballeros basureros.
Falabra de moyspaut!
Larga vida a la birra. Largos rollos de plata!

 

 

Actualización 15 de marzo de 2019.

Tras rebuscar entre los negativos, al fin he dado con ellos. Son sólo cuatro fotos, pero los podéis ver aquí.

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1 pensamiento en “Noches de cerveza y plata.

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