Historias de la mili.

Corrían los años 90, cuando, como a todo españolito de buen hacer, me llegó la carta que todos esperábamos ansiosamente. Una invitación del estado para pasar unos meses de campamentos subvencionados. Dicho de otra manera: la carta de incorporación a filas que te partía por la mitad la vida.
Dada mi condición de doble nacionalidad, podía escoger entre hacer el servicio militar en Francia o en España. Por razones obvias, escogí hacerla en la piel de toro, suponiendo que así estaría más cerca de casa. Me tocó Ceuta. ¡Que suerte la mía!. Para más alegría, me tocaba incorporarme en Agosto. Un clima perfecto para dar barrigazos.
Así pues, me embarqué en un tren, rodeado de muchos más chavales, todos con la misma cara de matadero, que nos llevaría hasta Algeciras, dónde embarcaríamos en un barco de la segunda guerra mundial (presagio de lo que nos esperaba) para llegar a Ceuta. Allí pasé la instrucción (dar barrigazos) hasta que nos dieron destino.

 

Otro golpe de suerte. Me tocó el cuerpo de zapadores en el cuartel del Jaral, perdido en la montaña y dejado de la mano de Dios. Rodeado de bulldozers, camiones, excavadoras y demás maquinaria pesada. Para quién no lo sepa, los zapadores son los que van delante, haciendo puentes, trincheras y poniendo / quitando minas. Apasionante, oye.

 

 

Ante tal despliegue de emociones, obviamente, me gasté el poco dinero que tenía en comprarme una cámara. Cómo no.

Imagen de http://mattsclassiccameras.com/

Una Yashica FX3 mas manual que un botijo, con un 50mm. A lo más que podía aspirar era a película Agfa de blanco y negro.

Dónde otros llevaban la cantimplora, yo llevaba el cuerpo de la cámara. El objetivo iba en otro bolsillo. Lo cual me creaba un dilema cuando, en las románticas marchas cargado hasta las trancas y con el fusil colgando, gritaban aquello de «cuerpo a tierra», y tenía que tirarme a la cuneta, con cuidado de no cargarme el cuerpo o la óptica. Vamos, que más que un cuerpo a tierra, lo mío parecía más una reverencia de cortesana. Pero, al fin y al cabo, tampoco nos estaban atacando ¿no?.

Cuando veía la oportunidad (y procurando que no me vieran, por que aquello no estaba dentro de reglamento) sacaba el cuerpo, montaba la óptica, hacía un par de fotos, desmontaba y guardaba.

Tuve el inmenso privilegio de que me hicieran cabo. Por que si hay algo que se aprendía bien pronto en la mili era a no presentarte voluntario a nada.  Nuestro cuartel se regía por unas extrañas normas. No recuerdo por que razón, teníamos la exclusividad de hacer las guardias de noche. todo un privilegio. Como cabo, no tenía que pasarme 4 horas a cara-perro sólo en una garita, intentando no dormirme y aguantando el frío, si no que me quedaba en el cuerpo de guardia, para hacer los cambios de guardia. No chupaba garita, pero no podía pegar ojo en toda la noche (los que estaban de «descanso» si que podían). Claro está que el cuerpo de guardia estaba al aire libre, así que la mierda venía a ser más o menos la misma.

Pero tampoco importaba demasiado. Las instalaciones hacían que el motel de Norman Bates pareciera una suite royal del casino de Monte Carlo.
Combinado con bonitas jornadas de hacer zanjas no se sabe bien para qué.

Otro gran momento era la comida. ¡Oh, si!
En mi vida he bebido leche tan transparente. Recuerdo que a la hora de formar para ir a comer, teníamos una técnica muy depurada para saber si el rancho del día era comestible. Nuestros amigos los perros. Si los perros estaban hurgando en la basura, significaba que ese día se podía ir al comedor. Si no había perros, mejor irte a la cantina a (pagarte) un bocadillo. Si. Los perros salvan vidas.

No obstante, como cualquier a que haya pasado por semejante experiencia, coincidirá conmigo en una cosa. El calor humano.
Cuando juntas a un puñado de jóvenes de muy distintos ámbitos (y, en mi caso, hasta creencias), los rebajas a todos al mismo nivel (por que cuando eres militar, no hay derechos civiles que valgan) y tienes que dedicarte a hacer cosas estúpidas que alguien (a veces también estúpido) te manda, por que estás ahí para eso, y todos, absolutamente todos se comen su buena ración de mierda cada día, las relaciones humanas son el tesoro más preciado. y ahí, en la adversidad, aflora (para bien y para mal) la naturaleza de cada uno. Y eso, difícilmente lo encuentras en otro sitio, por que, recordemos, nadie quiere estar ahí.

 

El resultado de la experiencia fueron fotos mal repuestas, movidas, polvo, revelados de mierda, películas rayadas….
Felicidad fotográfica en estado puro.

Etiquetado , ,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.