Kyoto no gaijin.

Dicen que viajar te abre la mente.
Eso es cierto siempre y cuando no tengas el cráneo lleno de agua.
Personalmente creo que hay dos grupos bien diferenciados de personas que viajan (bueno, tres).

El primero, es de la gente que viaja para conocer otros países, otras culturas. Experimentar otras formas de vida y otros valores, como un proceso de crecimiento personal y enriquecimiento humano. Normalmente este grupo viaja con humildad. Porque sin ella, difícilmente se puede entender otra cultura. Y algo en lo que supongo que todos estamos de acuerdo es en que uno debe adaptarse a la cultura del lugar que visita. Si no te gusta, no vayas, y si pretendes imponer tus costumbres, mejor te hubieras quedado en tu casa. En este primer grupo, suele haber un alto índice de “los que no vuelven”, porque han encontrado su verdadero hogar en otro lugar e incluso otra cultura.

En el segundo grupo están los que no viajan, si no que desplazan su cuerpo de un lugar a otro, como si de sacos de carne de comida para perros se trataran. Ni entienden ni quieren entender. Lo mismo les da ir de viaje que ir de rebajas, ya que realmente sólo les importa el postureo, subir las fotos a las redes sociales y matar de envidia a esos a los que llaman “amigos” pero que sólo mantienen, hipócritamente, como punto de referencia de su ego. A esta gente Dios les ha premiado con un cerebro pequeño (por lo menos para que no se caguen en los pasillos de los aviones). Y sí, en este grupo hay un alto índice de “los que no deberían volver”. Quizás es el problema de los abaratamientos en los vuelos, las líneas de low cost y las redes sociales, y parece que Boeing, con su flamante 737 Max, está intentando compensar.

Luego está el tercer grupo. Realmente es el de mente más abierta, y sobre todo más ecológica. Un poquito de sustancia psicotrópica, ¡y a viajar!

Bueno, tras esta breve introducción, voy a entrar al tema que nos atañe hoy.

Antes de nada os comento que ninguna de las fotos que aparecen son mías.  De hecho estoy preparando una colección, pero el tema del post me ha pillado tan caliente (al final lo entenderéis todo) que he aprovechado dicho calentón para escribir, y que se veis todos los vídeos de esta entrada tenéis un 95% de posibilidades de que os explote la cabeza. (el otro 10 es que os habrá explotado antes. Avisados estáis)

De entrada, vamos a hablar, ligeramente, sobre Japón, su sociedad y su antigua capital, Kyoto. Más adelante entenderéis a que viene, pero creo que es importante ponernos en situación.

Kyoto era la antigua capital de Japón. Quizás gracias a ello, y a mi humilde parecer, es la ciudad donde más se puede experimentar el contraste entre lo antiguo y lo moderno.

Hay algunas cosas sobre la cultura japonesa que deberíamos tener en cuenta, porque, con el devenir del tiempo, me he dado cuenta que tenemos una idea muy equivocada sobre la sociedad nipona.

 

Nos creemos que todo es cosplay, anime, y frikadas. Que sí, que tienen un montón de eso. Pero a poco que escarbas te encuentras con la realidad oculta de la sociedad nipona.

Mostrar los sentimientos en público es un signo de debilidad, por lo que las relaciones se basan en un estricto protocolo de respeto y educación, en el que lo más importante es el otro. Por lo tanto, es una sociedad en la que prima el colectivo por encima del individuo. Lo más parecido al Borg de Star Trek.

Por poner un ejemplo. Te caes en la calle y te abres la cabeza. Nadie te va a ayudar. En el momento en que le pidas ayuda a alguien, si no ha salido corriendo, te ayudará como si le fuera la vida en ello, (posiblemente hasta tenga estrés post traumático). Pero si no pides ayuda, te van a ignorar tranquilamente, más que nada, por respeto. Claro, si te has caído, y te has abierto la crisma, te estás desangrando, y no pides ayuda, ¿quién es nadie para impedirte esa experiencia? (será por eso que de vez en cuando sale alguna noticia en televisión informando de alguien que se ha dedicado a apuñalar a gente en el metro indiscriminadamente, “para ver que se sentía”).
Esa es la sociedad nipona que no vemos. Una sociedad con un alto índice de psicopatía. No lo digo en términos despectivos.

Esto me trae a la memoria una curiosa experiencia. Una de las veces que fui a Kurashiki (ciudad natal de mi Santa Señora), pillé una otitis de las buenas trabajando en Francia. Si hay una experiencia la mar de gratificante es al despegue y aterrizaje del avión con una otitis. Uno se siente como Michael Ironside en la mítica película de David Cronenberg «Scanners». ( A ver, he dicho mítica y Cronenberg en la misma frase, así que si veis el vídeo, ya sabéis donde os metéis)

La cuestión es que cuando llegamos (a rastras y rabiando) al pueblo. Fuimos a visitar al médico otorrino. La situación era para verme, como si de un gorila se tratara, en la consulta del médico. Los niños me miraban con la misma cara que mirarían a Hulk en la sala de espera de un ginecólogo (ups!). La cuestión, y por casualidades de la vida, es que dicho médico estaba casado con la única española que vivía en el pueblo. Una canaria la mar de simpática que enloqueció al oírnos hablar español. Obviamente el doctor también chapurreaba algo de español, Así que mientras me hacía la intervención para sacarme al mismísimo diablo de la cabeza, entre broma y chistes, el hombre se iba echando unas carcajadas, como haríamos todos. Bien. Nunca olvidaré las caras y miradas de estupor de las enfermeras. Nunca habían visto algo semejante. Nunca. Se giraban y miraban al doctor cada vez que reía como si estuviesen viendo al mismísimo diablo.

En ese preciso momento comprendí que algo no funcionaba. Nunca lo habían visto reír. Luego las enfermeras no sabían cómo tratarme. Si les hacía una broma, mostraban una sonrisa más tensa que el tanga de Falete. Muy amables, sí, pero un tanto incómodas.

Con esto vengo a deciros el nivel de actitud y decoro que tienen. Otra pequeña muestra:

Metro de Tokyo. Ponen barreras anti-suicidio, para que la gente no se tire a las vías. Le comento a mi mujer que qué bien, que qué considerados. Y con esa mirada de sospecha (por que los asiáticos no miran, sospechan) me dice: “¡qué va!. Si se quieren suicidar, que lo hagan en su casa, pero que no molesten a la gente que va a trabajar”.

Si es el país del cosplay, a mí se me quedó cara de Don Pimpon.

Tokyo, por poner un ejemplo es una ciudad en la que hay calles en las que está prohibido fumar mientras caminas (puedes quemar a alguien, o molestar con el humo, así que te metes en un rincón y fumas, cual yonki, siempre con tu cenicero portátil, o te puedes ir a suicidar a tu casa), donde la gente lava los briks usados de leche, zumo o lo que sea, los seca, los dobla y los tira a la basura (así no ocupan lugar ni huelen mal).

Donde meterse en hora punta en el metro con una maleta no sólo es una falta de consideración (eso no se hace) si no que por falta de coherencia ( y espacio) alguien va a llegar tarde al trabajo….

Un país limpio, metódico, ordenado y escrupuloso, donde los colegios no tienen servicio de limpieza, para que limpien los alumnos (así aprenden a mantener limpio el entorno, a no ensuciar, a mantener las instalaciones y a trabajar en equipo, mientras que además el colegio puede destinar el dinero para otras actividades escolares o infraestructuras, porque robar está considerado como algo vergonzoso).

Así que si eres un estudiante con problemas de integración (les obligan a teñirse el pelo si no lo tiene negro, por aquello de la uniformidad), y no consigues adaptarte al sistema de auto vigilancia, siempre puedes suicidarte, pero en casa, o ¿acaso quieres ensuciar los baños del cole, para que tus compañeros tes odien todavía más?
Pero claro, Como metes tantos millones de personas en una ciudad (Tokyo) en la que para comprar un coche tienes que demostrar que tienes parking… Pues con un estricto sistema de programación social, que funciona como un reloj, pero que, a pesar de todo, alinea a la gente. De ahí que tengan serios problemas para relacionarse. Y no hablemos de ligar… Japón es un adorable jardín de infancia.

 

Por lo tanto, si hay que tener clara una cosa, es que cuando viajas a Japón, debes cambiar el chip, debes pensar todo el tiempo en los demás. Fijarte en si estás bloqueando el sensor de la puerta automática y la calefacción de está escapando por la puerta abierta, si estas obstruyendo el paso al subir al ascensor (hay gente que se mete en el rincón, apretado, aunque el ascensor esté vacío), si subes las escaleras por donde no debes, procurar no mirar a los ojos a la gente (por qué no toda la gente que va durmiendo en el metro está durmiendo, cierran los ojos para aislarse y evitar cualquier tipo de contacto visual)…

Una vez aprendes esas cosas, llega a ser un lugar magnifico, en el cual las reglas están tan claras, que, si no te sales de ellas, todo funciona a la perfección (y si te sales, te quedas sólo en el páramo social).

Y de hablar no he dicho nada, que eso es otro mundo, ya que necesitas saber el estatus de la persona a la que te diriges, para saber que vocabulario debes usar, de ahí que, de entrada, cuando se dan las tarjetas, para saber el estatus de cada uno (lo que vendría a ser olerse los culos en el entorno canino) siempre las cojan por los extremos (nunca “pisando” la letra con el pulgar, y  a ser posible, con ambas manos y una reverencia si ya sabes que eres el canichín de la conversación).

Anécdota vista en la tele: Ceremonia de graduación en el colegio. Un alumno da un discurso de agradecimiento a los profesores. Con los nervios, se equivoca de palabra, y dice una grosería. ¿Adivináis cómo acabó la cosa? ¡Exacto! (Se fue a casa y se suicidó, porque no podía soportar la vergüenza)

Es por cosas como estas que son terriblemente racistas. SI. De raza. De raza y de cultura. Una cultura y sociedad que se imparte desde la cuna, y, por consiguiente, es casi imposible de aprender en su totalidad. Por eso nunca llegan a considerarte como uno de ellos. Básicamente porque no lo eres. Obvio, ¿no? Lo cual no quiere decir que no te acepten. Te pueden aceptar por lo que res, y apreciarán mucho la mínima muestra de respeto hacia su educación. Porque saben que son diferentes.

Y luego está el Gaijin. Gaijin es lo que conocemos como “Guiri”, pero en versión advanced.

Podríamos decir que la definición amigable de Gaijin es “animal”, “bárbaro” o “salvaje”.  Y prácticamente cualquier occidental es un puto gaijin. Porque por lo menos, entre asiáticos se conocen, pero nosotros…

Hay bares en los que está prohibida la entrada a los gaijin. La gente quiere tomarse una cerveza tranquila sin tener que aguantar al guiri de los cojones que quiere ser amable con todo el mundo (¿os hablé del suicidio?), apartamentos en los que, obviamente, si no eres japones no te cogen ni el teléfono (de hecho, en Bangkok estuvimos en un albergue de japoneses en el que solo aceptaban japoneses, y la cara de educado pánico que pusieron al verme entrar fue de órdago. Eso sí, una vez que mi Santa Señora hizo las presentaciones, me trataron de lujo.)
Tokyo tiene un barrio (Roppongi) para los extranjeros. Con sus bares, sus antros y su ambiente salvaje. Si hay un incidente, y llamas a la policía, es muy probable que te pregunten si hay algún japonés implicado. Si no lo hay, puede que ni vayan.

Para ir cerrando, os voy a comentar sobre los dos máximos embajadores culturales de la sociedad nipona: Las geishas y los luchadores de Sumo.
Espectacular deporte el Sumo. A simple vista dos gorditos en taparrabos que se empujan hasta echarse del ring.

Resulta que los luchadores de Sumo (Sumotori) son funcionarios, dedican su vida a este deporte, los hay que no son ni asiáticos (y esos sí que son respetados), y, a diferencia del boxeo, todos tienen que luchar contra todos, con lo que las técnicas de empuje y desequilibrio son muy importantes. Los combates de sumo se tienen que ver en cámara lenta para apreciar realmente la estrategia. Que la tiene, y mucha.

A medida que avanza la competición, los patrocinadores meten más dinero para el ganador. Ese dinero ganado lo emplea el Sumotori para mantener su escuela de futuros Sumotoris. Por que ellos ganan un sueldo como funcionarios, pero mantienen su escuela con los patrocinadores, por lo que, a mejor luchador, más dinero, mejor escuela, mejores alumnos, mejor prestigio, mejores futuros luchadores….

Si os interesa el tema, me lo decís y ya haré una entrada dedicada.

Luego están las Geishas. Si el sumotori representa el Bushido (el camino de la guerra), la geisha representa, como el ying y el yang, el arte, la cultura y la felicidad. Por que las geishas no son prostitutas. Claro. Lo más parecido que tenemos los occidentales, y que usamos como referencia para entender el concepto de la Geisha, son las cabareteras de alterne.

La geisha es una dama de compañía, que domina multitud de artes, educada para poder mantener cualquier tipo de conversación, y para crear un ambiente de bienestar. Es una larga historia, así que al igual que los sumotoris, si os interesa, ya lo abordaremos más adelante. Pero si tenéis en cuenta la introducción de como es la sociedad nipona, creo que os podréis empezar a hacer una idea de como funciona el tema. La Geisha se educa y entrena durante toda su vida en las artes de la complacencia (a nivel intelectual y emocional). Por ello viven aisladas de la realidad.

Es posible que os esté viniendo a la memoria ese bodorrio de película llamada “memorias de una geisha”. Y os daré dos (entre otras) razones muy sencillas de por qué un bodorrio: una Geisha nunca, NUNCA sale a la calle con el pelo suelto. NUNCA. Y otra, que creó un malestar en japón (por no llamarlo cabreo monumental), que el papel principal le interpretara una actriz china.
A ver, yo no tengo nada en contra, pero conociendo como son los nipones con su cultura, debió de sentarles como una patada en la boca. Otra cosa, por mucho que digan. Si vas a Japón, no vas a ver una Geisha ni arto de vino. Aunque pagues mucho. A no ser que tu estatus socioeconómico te lo permita (que va a ser que no), no vas a ver una Geisha NUNCA. Lo que se ven por la calle son Maikos, que son las aprendices de geisha.

Llegamos ya al desenlace de la entrada al blog. Por qué el gaijin es gaijin, y se comporta como tal.

Os podéis imagina el estado de shock en el que me encontraba la primera vez que visité Japón. Después de visitar Tokyo, Osaka, Kyoto y Kurashiki. Desde luego muchos de mis conceptos sociales se me habían caído y se habían escurrido por la alcantarilla. Así que iba a cara perro al aeropuerto para coger el avión que debería de traerme otra vez a la realidad. Tras pegarnos un madrugón del copón (por aquello de no meterte en el metro con la maleta en hora punta, lo que se viene llamando respeto a los que va a trabajar), llegamos al aeropuerto. En la espera de embarque me encuentro ante un espectáculo que ha perdurado en mi memoria. ¿Sabéis lo que es un subwoofer?, ¿verdad?

Pues un Subwoofer humano es un tío gordo, pero no gordo de problema hormonal. Si no gordo de ponerse hasta las trancas, de esos que las manitas son como un guante de látex sobre hinchado, con el ombligo a punto de explotar y que cuando vocifera (porque no habla, joder, que es un Subwoofer), entre jadeo y jadeo, emite las ondas de baja frecuencia por el culo. Así tras localizarlo por bufidos y gorgoteos graves, que se asemejan al canto de las ranas en el charco picheadas a un 25% de velocidad, puedes ubicarlo gracias ala envergadura de su envoltorio. Por si fuera apoco, y como mayor signo de discreción, el individuo en concreto va ataviado, y mostrando con orgullo, la ropa de futbol de la selección española (si, camiseta y pantaloncitos rojos de “a por ellos”) mientras va engullendo (a las 8 de la mañana) unas buenas latas de cerveza. (inciso: Tener aliento a alcohol después de comer está muy, pero que muy mal visto en ese país).

Total, cuando el tomate subwoofer se acaba su lata de cerveza, entre eructos y jadeos, y aprovechando la inercia proporcionada por la rotación de la Tierra, se desplaza hasta las papeleras, y tira la lata (menos mal). A eso, desde lejos, como si de los barrancos la gomera se tratara, otro individuo, familia de los equipos de reproducción de graves, le berrea: “que lás tirao en la de papé”.

El señor Sunwoofer, lo suficientemente ocupado en poder inhalar un poco de oxigeno mientras reproduce el gorgoteante sonido de una pipa de crack, y demostrando ser un gran conocedor de la física de los desplazamientos de las masas, consigue darse la vuelta, y, aumentando al máximo el nivel del potenciómetro, y abriendo el colón a la máxima amplitud, vocifera “¡yaeresiclaobastante!”e inicia el largo desplazamiento corporal hasta sus allegados con el mismo andar que un pikachu pasado de morfina.

Si. Iba en mi avión. Si. Ahí es donde tenía que volver.

Y ya, para cerrar esta entrada que se me ha ido un poquito de las manos, voy a mostraros la noticia que me ha indignado, y me ha llevado a escribir toda esta parrafada. Os pongo el link al articulo, con el vídeo de Twitter

Tened en cuenta todo lo que he escrito hasta ahora, ved la noticia,

El bonito deporte que se llama Geishaspotting

Pero para no acabar con mal sabor de boca…. Un poquito de musica tradicional de Okinawa, que vienen a ser como las islas canarias de Japon…
Son japoneses, pero no tanto…

 

2 pensamientos en “Kyoto no gaijin.

  1. Como me lo paso leyendo tus post. Pero este de Japón me ha encantado (ya sabes lo deseoso de ir que estoy). Por descontado que me encantaría saber más tanto de los sumotori como de las Geishas. Espero que no te cortes.

    Por otro lado, el mundo está exageradamente lleno de retrasados mentales con el dinero mínimo para meterse en un charter a donde fuere y molestar a la gente del lugar. En Japón y en Algeciras. Respeto es una palabra muy poco asimilada en general.

    Damos bastante asco, la verdad.

    1. Espero que te hayas tragado todos los videos. En ese caso no sé cómo puedes escribir…
      Ya me pondré con ello. En cuanto al asco, yo le voy poniendo unas velas a San Boeing, para Que siga construyendo y vendiendo 737 Max como locos…

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